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Ciudad y religión

Jueves, 16 Febrero 2012 por Diego PetersenCiudad y religión Jueves, 16 Febrero 2012 por Diego Petersen Cuando nació esta ciudad, y durante sus primeros muchos años, las calles llevaban el nombre de los referentes urbanos. En algunos acaso eran nombres de los oficios que en ella se desarrollaban, así teníamos calle de los artesanos, calle de los orfebres, calle de los herreros. En otros casos el nombre se debía a una persona que habitaba en esa calle, como fue el caso de Don Juan Manuel Caballero, un personaje del que se decía que tenía la mejor finca de la ciudad en la esquina de Santa Mónica y la otrora calle Alameda, hoy Juan Manuel, o la calle Tolsa (que nada tiene que ver con Manuel Tolsá), hoy Díaz de León, o la calle Vidrio, cuyos nombres se deben a los personajes que ahí vivían. La tercera fuente de nombre de calles eran los monumentos, fundamentalmente las iglesias, como Santa Mónica, San Felipe, San Francisco (hoy 16 de Septiembre), La Merced (hoy Hidalgo) o alguna otra referencia urbana, como la calle del Puentecito (hoy Ghilardi), la calle Hospicio o Penitenciaría que llevaba a la hoy desaparecida penitenciaría de Escobedo. Con el tiempo, la ciudad se convirtió en parte de las batallas ideológicas y éstas se reflejaron en la nomenclatura. Los liberales ganaron la guerra y se adueñaron de los nombres de las calles y monumentos. La Revolución y el PRI hicieron de las suyas y nos quedamos con calles como Lázaro Cárdenas, Ávila Camacho, López Mateos o Fidel Velázquez. Llegando el PAN comenzaron también a marcar territorio cual perros en poste y bautizaron las calles con nombres como Gómez Morín, Clouthier o González Luna. Luego, en un arranque populista y “queda bien” a dos manos, el PRI en Zapopan y el PAN en Guadalajara, bautizaron una calle cada uno con el nombre de Juan Pablo II y metieron a la religión en la ciudad. El conflicto del cambio de sentido de la calle Esteban Alatorre, en las últimas 15 cuadras —rebautizada en su extremo oriente como Aarón Joaquín—, y de su par, Pablo Valdez, dejó de ser un tema de vialidad para convertirse en un problema religioso. El único argumento para cambiarle el sentido a la calle es que se pueda llegar al templo de manera directa desde el centro de la ciudad y que se pueda apreciar el majestuoso templo (bonito o feo, eso es cuestión de gustos) conforme se va acercando. Eso ahora es imposible porque el sentido de la calle le da la espalda al templo. La pregunta es muy sencilla: ¿tienen derecho los fieles de la Luz del Mundo a pedir que la ciudad haga adecuaciones en función de sus necesidades de culto? En principio, la respuesta sería no, pero lo cierto es que se han hecho adecuaciones en función de las necesidades de la Iglesia Católica, y el Santuario de los Mártires es el mejor ejemplo. El problema no es igualar los cartones entre una iglesia y otra, sino tener claro que la ciudad no puede estar sujeta al capricho de una o de otra iglesia. La culpa no la tiene el indio… dice el dicho. Tampoco la tienen las iglesias. El problema es haber roto la lógica del Estado laico, y ahí hay muchos culpables, y de todos los partidos. El problema es haber mezclado ciudad y religión. Cuando nació esta ciudad, y durante sus primeros muchos años, las calles llevaban el nombre de los referentes urbanos. En algunos acaso eran nombres de los oficios que en ella se desarrollaban, así teníamos calle de los artesanos, calle de los orfebres, calle de los herreros. En otros casos el nombre se debía a una persona que habitaba en esa calle, como fue el caso de Don Juan Manuel Caballero, un personaje del que se decía que tenía la mejor finca de la ciudad en la esquina de Santa Mónica y la otrora calle Alameda, hoy Juan Manuel, o la calle Tolsa (que nada tiene que ver con Manuel Tolsá), hoy Díaz de León, o la calle Vidrio, cuyos nombres se deben a los personajes que ahí vivían. La tercera fuente de nombre de calles eran los monumentos, fundamentalmente las iglesias, como Santa Mónica, San Felipe, San Francisco (hoy 16 de Septiembre), La Merced (hoy Hidalgo) o alguna otra referencia urbana, como la calle del Puentecito (hoy Ghilardi), la calle Hospicio o Penitenciaría que llevaba a la hoy desaparecida penitenciaría de Escobedo. Con el tiempo, la ciudad se convirtió en parte de las batallas ideológicas y éstas se reflejaron en la nomenclatura. Los liberales ganaron la guerra y se adueñaron de los nombres de las calles y monumentos. La Revolución y el PRI hicieron de las suyas y nos quedamos con calles como Lázaro Cárdenas, Ávila Camacho, López Mateos o Fidel Velázquez. Llegando el PAN comenzaron también a marcar territorio cual perros en poste y bautizaron las calles con nombres como Gómez Morín, Clouthier o González Luna. Luego, en un arranque populista y “queda bien” a dos manos, el PRI en Zapopan y el PAN en Guadalajara, bautizaron una calle cada uno con el nombre de Juan Pablo II y metieron a la religión en la ciudad. El conflicto del cambio de sentido de la calle Esteban Alatorre, en las últimas 15 cuadras —rebautizada en su extremo oriente como Aarón Joaquín—, y de su par, Pablo Valdez, dejó de ser un tema de vialidad para convertirse en un problema religioso. El único argumento para cambiarle el sentido a la calle es que se pueda llegar al templo de manera directa desde el centro de la ciudad y que se pueda apreciar el majestuoso templo (bonito o feo, eso es cuestión de gustos) conforme se va acercando. Eso ahora es imposible porque el sentido de la calle le da la espalda al templo. La pregunta es muy sencilla: ¿tienen derecho los fieles de la Luz del Mundo a pedir que la ciudad haga adecuaciones en función de sus necesidades de culto? En principio, la respuesta sería no, pero lo cierto es que se han hecho adecuaciones en función de las necesidades de la Iglesia Católica, y el Santuario de los Mártires es el mejor ejemplo. El problema no es igualar los cartones entre una iglesia y otra, sino tener claro que la ciudad no puede estar sujeta al capricho de una o de otra iglesia. La culpa no la tiene el indio… dice el dicho. Tampoco la tienen las iglesias. El problema es haber roto la lógica del Estado laico, y ahí hay muchos culpables, y de todos los partidos. El problema es haber mezclado ciudad y religión.

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